Chile tira la primera piedra…

Una sociedad que enjuicia con liviandad

A partir del suceso acaecido el fin de semana pasado en el Zoológico de Santiago fue posible ver, una vez más, cómo la sociedad chilena utiliza las redes sociales para dar su opinión en relación a temas que involucran a personas con nombre y apellido con una liviandad inconcebible.

Facebook y twitter, principalmente, nos hacen creer que tenemos una especie de palestra desde la cual podemos sentirnos libres de pontificar acerca de cualquier temática enjuiciando al resto, como si conociéramos los pormenores de cada situación y como si estuviésemos “libres de polvo y paja”.

La personas tendemos a generar opiniones casi inmediatas acerca de las cosas, debido a que nuestro cerebro está programado para categorizar de manera casi automática las situaciones, como mecanismo de supervivencia. Sin embargo, en la actualidad, sabemos que podemos entrenar a nuestra mente para generar un espacio entre la percepción y la acción. En este sentido, podemos ver que hay personas más impulsivas o “con una autoestima fuera de serie” que sienten que tienen derecho a plasmar sus duros y apresurados juicios en espacios públicos (redes sociales u otros), y otros que tienen un sentido del humor y una creatividad tal, que logran hacer memes hasta de las situaciones más desafortunadas. Por suerte para mí, la vida se ha encargado de enseñarme que detrás de cada suceso, hay una situación que puede explicar (y no en todos los casos justificar), en cierta medida al menos, el modo en que las cosas ocurren.

Una vez, trabajando en un conocido hospital de Santiago, los médicos encargados de una Unidad para la que yo no trabajaba, me pidieron a modo de favor que visitara a una anciana que estaba postrada y abandonada hacía cinco meses para ver si era posible contactar a su familia para que se hiciera cargo de ella o, al menos, recibiera alguna visita. Al conversar con ella, compartió conmigo su triste historia. Era madre de 3 hijos a los que había criado con mucho esfuerzo y dedicación y ninguno de ellos siquiera la había visitado una vez en cinco meses. Inmediatamente, con mucha tristeza y con bastante rabia por la “falta de humanidad y la ingratitud” de sus hijos, conseguí los datos de la mayor de ellos e hice contacto telefónico. Agradezco haber sido cautelosa, a pesar de la corta trayectoria profesional que tenía hasta el momento, pues lo que siguió, constituyó para mí una lección que nunca olvidaré. Su hija fue a conversar conmigo al hospital unos días después y me explicó, con mucho dolor, por qué ninguno de los tres la visitaba.  Al menos ella, no podía superar ni perdonar a su madre por haberla violentado física y psicológicamente desde su más tierna infancia, habiéndola sometido además a abusos por parte de sus vecinos, ya que desde los seis años “la arrendaba” a cambio de dinero y comida. Debido a lo que en ciencias sociales llamamos “factores de resiliencia”, ella había salido adelante, tenía una buena familia y estaba en ese momento estudiando en un instituto profesional. Todos hablaban de la pobre señora y de sus “malditos hijos”, sin conocer la historia que había detrás, pero yo tuve la oportunidad de entender el contexto. Pienso que tal vez, de haber conocido la historia de la madre, también hubiera accedido a una vida llena de dolor, pobreza y violencia, pero nunca lo sabré. Me sentí muy culpable de todo lo que pensé acerca de esta familia y eso me ayudó a tomar consciencia de que debo ser cuidadosa con lo que pienso y con lo que digo, aunque claramente no siempre funciona pues, como todos, debo continuar trabajando en mí, en muchos aspectos.

He sido terapeuta de víctimas, de potenciales victimarios y de culpables también y debo decir que la mayoría sufre por su condición. Pero hoy resuenan en mi interior, dos personas a las que atiendo actualmente en psicoterapia, que han sido víctimas del escrutinio y del juicio público; uno a mayor escala que el otro, pero que, en definitiva, han visto amenazado su nombre, su reputación, su integridad física y psicológica y la de sus familias al ser expuestas y enjuiciadas en redes sociales, en comunidades completas y, en uno de los casos, en los medios de comunicación con una liviandad digna de comedia absurda.

Desde esa perspectiva es posible ver cómo las personas, comunidades de todo tipo y los periodistas y panelistas de programas masivos no se cansan de calificar y sentenciar a los acusados con nombre, apellido, rostro y familia, a partir de la más mínima información con la que cuenten. Y, si ponemos atención, podemos notar también, como a medida que aparecen más datos, las opiniones de estos mismos comienzan a moderarse, no obstante, el daño ya está hecho.

¿Alguno de ustedes se ha puesto a pensar en cuántas son las personas que cargan con la cruz de aparecer en Google por falsas acusaciones? ¿Cuántos de ellos no cuentan con los medios económicos o con las condiciones emocionales para defenderse adecuadamente en casos como estos y que, por su silencio, siguen apareciendo como culpables? Ellos han sufrido en un principio el miedo a ser apedreados, escupidos o atacados por la gente. Temen ser despedidos de sus trabajos, que a sus hijos los echen del colegio o ser marginados de las redes a las que pertenecen. Lamentablemente, a lo largo de sus vidas, si no integran sanamente el trauma, tal vez seguirán teniendo temor cada vez que postulen a un nuevo trabajo o conozcan personas nuevas, pues si se busca su nombre en Google, la historia por la que fueron vilipendiados vuelve a hacerse presente y el escrutinio y la desconfianza también. Cada cierto tiempo y, tal vez durante toda su vida deberán dar explicaciones por una historia que fue mal contada.

Y, en relación con el caso que abrió este tema, debo decir que más allá de las opiniones que la mayoría compartimos, en relación con la necesidad de cambiar los zoológicos por espacios de protección y rehabilitación de animales o de la responsabilidad que tienen o no las personas privadas de cordura, en el caso del joven y los leones, se hablaron muchas cosas sin filtro alguno. Se enjuició al personal del zoológico, hubo personas en Facebook que decían que si el sujeto era loco, alcohólico o si estaba drogado, daba lo mismo, que no merecía vivir. Se hicieron “memes” en los que la gente se burlaba del hombre que, según se supo más tarde, no intentaba suicidarse, sino que estaba actuando a partir de un delirio mesiánico producto de un trastorno psiquiátrico.

No quiero decir con esto que todo acto en la vida debe ser justificado y que, si nos fuéramos a revisar todos los contextos, nadie sería responsable de nada. Tampoco digo que no sea bueno tener opinión. Solamente busco generar un interés por esperar un poco y ser cautelosos antes de emitir opiniones en público, cuidarse de evaluar a partir de los sesgos personales y tener compasión por quienes, por una razón u otra, están siendo expuestos al escrutinio público. También quiero plasmar a fuego en mi memoria, la necesidad de estar atenta a mis propios juicios.

En este caso, ojalá podamos tener compasión tanto por los leones, como por la persona y su familia. Que el animalismo, el humanismo y cualquier “ismo” al que adscribamos no nos haga perder el respeto por ninguna clase de ser viviente. Dejemos también a un lado la palabra “repudio”, tan violenta y manoseada en los últimos años.

Con este tipo de sucesos pienso que tal vez no somos una sociedad tan diferente, como pensamos, de la que crucificaba a sus delincuentes o de la que disfrutaba de las luchas en el Coliseo Romano, donde morían “gladiadores y bestias”. Quizás simplemente nuestros castigos y torturas se han vuelto más sofisticadas.

Tengamos compasión con nosotros también, y veamos claramente con amabilidad y con intención de cambiar, que aun no somos capaces de distanciarnos de los prejuicios ni de ver las consecuencias de nuestros actos. No nos olvidemos que cualquiera puede ser víctima de una acusación que lo ponga en tela de juicio como victimario, asesino, estafador o abusador, aunque sea por algunas horas, sin que realmente lo seamos. Tengamos en cuenta que en nuestros tiempos basta con una mera denuncia pública, para ser sindicado como culpable. Si bien ante la ley “todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario”, en los medios y en la sociedad actual, al parecer ocurre todo lo contrario.

 

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¿CÓMO SOBRELLEVAR LA FRUSTRACIÓN? 10 consejos para ayudarte a hacerlo

La frustración es una emoción compleja que todos experimentamos, que mezcla rabia, tristeza y angustia, y tal vez incluso, en ocasiones, vergüenza. En general, estos sentimientos de frustración se repiten a lo largo de nuestra vida personal, familiar, social y profesional, sea cual sea nuestra ocupación. Todos, hasta los grandes científicos, los grandes artistas de todas las áreas, y todos nuestros “ídolos”, si es que los tenemos, han pasado por muchos momentos de frustración.

Desde nuestra más tierna edad comenzamos a sentir frustración. Las primeras tienen relación con no poder tener aquello que deseamos, porque algo nos sale mal o porque no logramos conseguir alguna pequeña o gran meta.

Son muchas las frustraciones infantiles, algunas comienzan a aparecer de manera natural, asociadas con el carácter, y otras se van forjando en la interacción con los adultos, quienes, a través de sus reacciones, van formando nuestras primeras nociones acerca de qué cosas resultan frustrantes y cómo reaccionar ante dichas frustraciones.

A medida que vamos creciendo, las situaciones que, potencialmente pueden generarnos frustración, van volviéndose cada vez más complejas, a pesar de que las reacciones emocionales probablemente sean menos visibles a los ojos de los demás, los  llantos y pataletas, idealmente van disminuyendo con el tiempo.

Podríamos decir que los fracasos son la principal fuente de nuestras frustraciones o, más bien dicho, aquello que nosotros consideramos o percibimos como un fracaso. Pues somos nosotros quienes le damos la connotación positiva o negativa a las experiencias. En esta sociedad en la que la competitividad y la búsqueda de la “perfección” son altamente valoradas, ésta se ha tornado una de las emociones más frecuentes en todas las áreas de nuestras vidas, transformándose en un círculo vicioso del que es muy difícil salir, pues genera malestar y desmotivación y, consecuentemente aumenta las posibilidades de que nos estanquemos o volvamos a cometer errores y a sufrir por ellos.Aproblemado

Puesto que la frustración, en cualquier ámbito, va a acompañarte en mayor o menor medida, en todos los ámbitos de tu vida, es necesario que tengas en consideración estos consejos:

  1. La frustración se debe “manejar”, no “controlar”: En la medida que seamos conscientes de nuestras emociones y las aceptemos como tales, resulta más fácil observar, sin hacer juicios, cuál es la actitud que estamos tomando frente a la situación que la gatilla y podremos afrontarla de manera más sana y adaptativa.
  2. No todas las situaciones en las que no se logren los objetivos deben considerarse como frustraciones: Todo depende del significado que tú le des. Si magnificas la situación o los resultados de ésta, claramente te sentirás muy mal, probablemente sientas rabia, tristeza o vergüenza y termines por desanimarte por un momento o, por un largo período. En cambio, si logras ver con mayor distancia la situación, podrás darte cuenta de que probablemente existen muchas formas de solucionar el asunto, de mejorar la próxima vez o de obtener aprendizajes. Y, si en realidad, ninguna de estas posibilidades es viable, tal vez, debes darte permiso para vivir y experimentar la situación por un período acotado y luego buscar la forma de mejorar tu estado de ánimo y seguir adelante.
  3. La frustración puede transformarse en un problema o en una aliada: Puedes sufrir tras una experiencia de fracaso por largo tiempo o puede tomar la actitud de analizar qué cosas y qué actitudes debes mejorar. Observar la frustración te permitirá ser consciente de cuan resiliente eres y de cuáles son las cosas que debes trabajar en ti mismo para otorgarle a los errores o dificultades la importancia que real y objetivamente se merecen.
  4. No evites de frustración: Pues mientras no logres un cambio en la forma de ver la vida o de ser-en-el-mundo, ésta llegará sí o sí en algún instante. Hay personas que son tan autoexigentes quesiempre están pensando que podrían haberlo hecho mejor a pesar de sus éxitos. Es muy probable que, en la vida, muchas cosas no resulten de manera perfecta; en esos momentos, cuando sientas la presencia de la frustración, sé consiente de ella, obsérvala en tercera persona, con distancia y luego úsala a tu favor, transformándola en motivación, preguntándote cuáles fueron los errores que cometiste y cuáles pueden haber sido sus causas; es importante que esto lo hagas sin recriminarte. Posteriormente, debes pensar en la gran oportunidad que tienes de saber de qué manera y en qué cosas debes trabajar con mayor dedicación para superarte.
  5. Prioriza y no intentes abarcarlo todo: Para evitar frustrarnos, debemos entender que “el que mucho abarca, poco aprieta”, es decir, que no podemos hacernos cargo de todo a la vez. Esto implica que debemos priorizar lo que realmente amerita un mayor esfuerzo y conformarnos con los resultados del resto de los asuntos si no hemos tenido las condiciones adecuadas para cumplir al 100% con todo.
  6. Limita tus objetivos al corto plazo: Si bien debemos tener claro cuál es nuestro objetivo “final”, es necesario tener en consideración que para alcanzarlo, debemos cumplir con diferentes etapas previas. Por eso, es bueno ponerse objetivos a corto plazo, que se orienten lógicamente a alcanzar lo que queremos al final. De esta manera entenderemos que un error, no implica el final de todo, ni amerita una renuncia a nuestros sueños, sino más bien, una muestra de que algo debe ser revisado. En caso contrario, si somos capaces de ir cumpliendo exitosamente nuestros objetivos a corto plazo, nuestra autoeficacia, que es la confianza que tenemos en nuestra propia capacidad de hacer las cosas aumentará y, con ella, nuestra motivación y entusiasmo.
  7. Se consciente de lo que te motiva y utilízalo: Considerando todo aquello que te motiva para seguir adelante, tendrás la orientación necesaria para planificarte a la consecución de tus objetivos. Si la actividad fuente de frustración no es en sí misma motivante, ten en cuenta que, probablemente es un medio para conseguir aquello que realmente quieres; eso ya lo hace estimulante. Rodéate de personas, genera situaciones y experiencias que te hagan valorar aún más lo que estás haciendo, busca lo positivo dentro de aquello que puede parecer negativo e intenta bloquear el rechazo que puedes sentir por algunos aspectos de tu actividad. Concéntrate en aquello que te genera fuerza para seguir.
  8. Valora lo conseguido: En el nivel que estés, mira hacia atrás y valora lo que has avanzado. No te compares con los ritmos y tiempos del resto, hay personas que son muy rápidas y otras que son como “árboles de frutos tardíos”, que se demoran un poco más en sentar una base firme, pero que posteriormente dan los frutos más grandes y dulces. Apréciate y valora cada logro mientras continúes mejorándote.
  9. Desarrolla tu estilo y pon un sello personal en lo que haces: No intentes ser como tu profesor, como tu ídolo o como tus pares a los que admiras. Simplemente sé tú, cumple con lo que se te pide, pero pon siempre algo de ti en lo que haces. En la medida que vayas avanzando y validándote en el medio en que te estés desempeñando habrá cada vez más espacio para innovar, aunque sea sólo en un tema de actitud. Aprópiate de lo que haces y así, te liberarás de la frustración de no dar lo que otros esperan o de no hacer las cosas como tal o cual persona.Toda la vida estaremos expuestos a la posibilidad de sentir frustración, pues cada experiencia trae consigo la posibilidad de tener fracasos o cometer errores. Sin embargo, si asumes la frustración como una emoción más en tu vida y dejas de evitarla o rechazarla, ésta se hará más familiar, más fácil de reconocer, te permitirá aprender de cada experiencia y superarte. En la medida que pongas  Frustracion3en práctica estos consejos, podrás lograr que la frustración sea cada vez menor en tiempo e intensidad.Comparte esta información con quienes crees que puedan necesitarla.

frustración, pues cada experiencia trae consigo la posibilidad de tener fracasos o cometer errores. Sin embargo, si asumes la frustración como una emoción más en tu vida y dejas de evitarla o rechazarla, ésta se hará más familiar, más fácil de reconocer, te permitirá aprender de cada experiencia y superarte. En la medida que pongas en práctica estos consejos, podrás lograr que la frustración sea cada vez menor en tiempo e intensidad.

Dejar de fumar, claves para conseguirlo

Psicología a puertas abiertas

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Cuántas veces hemos dicho -o escuchado a alguien decir- “en tal fecha dejo de fumar”. Generalmente las fechas escogidas son simbólicas y tienen relación con cumpleaños, fiestas, cambios de estación, etc. Y, si bien este es un excelente propósito, tiende a ser difícil de cumplir, ya que exige mucha fuerza de voluntad.

Cabe señalar que el cambio de una conducta tan enraizada como fumar, debe considerarse como resultado de un proceso en el que se atraviesa por diferentes etapas y que requiere tiempo, motivación y desarrollo de habilidades que permitan superar la adicción.

Para ayudar a quienes ya se encuentren listos a asumir el desafío de dejar de fumar, aquí van algunos consejos útiles y prácticos:

  1. Fije una fecha cercana y definitiva para dejar de fumar y cuéntele a su familia, amigos y compañeros de trabajo acerca de su propósito.
  2. Haga una lista de las razones por las que quiere…

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Cómo identificar un brote psicótico y claves para auxiliar a quien la padece

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¿Qué es un brote psicótico y cómo identificarlo?[1]

Podríamos definir un brote psicótico como un quiebre temporal con la realidad tal y cómo la conocemos, debido a un desequilibrio neuroquímico en el cerebro que puede ser causado por factores orgánicos o psíquicos; tales como una fuente de estrés potente y constante en el tiempo, el consumo de alguna droga o una enfermedad mental.

Durante un brote psicótico, el juicio de realidad del sujeto (el criterio que hace que tengamos acuerdos acerca de la realidad común en la que vivimos) se ve alterado, impidiéndole funcionar de manera adecuada con su entorno. Es frecuente que durante un brote psicótico, el equipo tratante, la familia, el propio paciente o todos en conjunto decidan que la mejor alternativa sea internar a la persona en una institución de salud mental para que reciba tratamiento médico hasta que el brote desaparezca, de modo que sea posible protegerlo a él y a su entorno del peligro que puede implicar un episodio de este tipo.

La duración de un brote psicótico puede ir desde horas, a días, semanas o meses, no obstante, con el tratamiento médico apropiado, la persona tiende a estabilizarse y volver a su funcionamiento cotidiano. Sin embargo, si  los síntomas y los brotes persisten, entonces la vida de la persona puede verse afectada de manera permanente.

Cabe aclarar que no siempre un brote psicótico es sinónimo de esquizofrenia, existen algunos episodios aislados que no vuelven a aparecer y otros causados por enfermedades concomitantes. En la práctica clínica es común esperar a que una persona tenga más de un brote antes de considerar el diagnóstico de una enfermedad psiquiátrica.

Cuando se trata de una enfermedad como la esquizofrenia, en muy raras ocasiones, la persona afectada pierde repentinamente el control total de su mente, sus emociones y/o comportamiento. Generalmente, la familia o los amigos cercanos al afectado pueden observar con cierta anticipación algunos indicadores de una posible crisis; tales como falta de sueño, rituales, una elevada suspicacia, cambios abruptos de ánimo, explosiones inesperadas de agresividad, interpretaciones e ideas extrañas, descuido en la apariencia, en los hábitos de higiene, aislamiento social, comportamiento desorganizado, inusual o sin sentido aparente, etc. Durante estas fases primarias  a veces se puede prevenir una crisis total, consultando a tiempo con un psiquiatra.

Algunos signos característicos a las crisis psicóticas corresponden a fuertes reacciones emocionales de cualquier tipo, conducta o apariencia extravagantes, gritos o mutismo, lenguaje desorganizado, actitudes catatónicas, paranoia, alteraciones de la memoria reciente, confusión, miedo, delirios (alteraciones del pensamiento, como por ejemplo las ideas paranoides, persecutorias o megalomaníacas), alucinaciones de cualquier tipo (percepciones visuales, auditivas, olfativas, táctiles o gustativas de estímulos que no están presentes en la realidad). En general, comportamientos ilógicos, desorganizados o riesgosos que se encuentren fuera de lo que comúnmente una persona haría.

Es muy importante tener en consideración que, durante una crisis psicótica probablemente la persona afectada se siente aterrada por haber perdido el control mental y emocional. Durante los estados de crisis, el afectado puede escuchar voces, percibir que los otros leen sus pensamientos, interpretar malas intenciones en los demás o ser víctima de otros fenómenos alucinatorios o delirios y puede tratar de “actuar” de acuerdo a ellos, poniendo en riesgo a los demás y a sí mismo. Por esta razón, es muy importante saber cómo actuar en estos casos.

 ¿Qué hacer para auxiliar a una persona durante una crisis psicótica?

The nation’s voice of mental illness (NAMI), propone[2]:

  • Mantener la calma, sin amenazar ni gritar al afectado, usando frases sencillas con tono pausado y claro.
  • Tratar de estar acompañado/a, que haya por lo menos dos personas con el sujeto en crisis. Si es necesario, una de estas personas debe llamar a un familiar o al profesional de salud mental designado (en caso de que exista),  mientras que la otra debe permanecer con el paciente.
  • No discutir con las demás personas presentes sobre las “mejores estrategias” para resolver la situación o sobre cuál es la causa o quién es el culpable de lo que está sucediendo. Este no es el momento apropiado.
  • Si el afectado está sentado, la persona que lo esté auxiliando no debe ponerse de pie  frente a él. Debe sentarse también, cerca de él pero evitando el contacto visual directo y sin tocarle, procurando conceder lo que la persona pida, siempre que no sea peligroso o irracional.
  • Es recomendable situarse entre el afectado y la salida pero sin bloquear el acceso a la puerta, para que no perciba que se le está encerrando.
  • Es fundamental comunicarse con la familia para que ellos puedan orientar a quien esté ayudando acerca de las mejores estrategias para tratarlo, mientras ellos llegan a buscarlo. Se debe recalcar la necesidad de que la familia tome las medidas correspondientes en relación a su tratamiento y/o necesidad de internación.
  • Si la situación sobrepasa las posibilidades de quienes están manejando la situación[3] y es necesario llamar a carabineros, se les debe explicar con mucha claridad  que la persona está pasando por una crisis psiquiátrica, que no se trata de un delincuente  y que se les ha llamado para que ayuden. Si contamos con información, es importante hacer saber a carabineros si el afectado anteriormente ha estado hospitalizado y si tiene o no acceso a armas. En estos casos, siempre que se actúe con prudencia y se notifique sin exageraciones, es aconsejable poner la situación en conocimiento de la policía simplemente como medida cautelar, manteniéndose como observador a la espera de que personal cualificado llegue.

[1] https://acepsa.wordpress.com/manual-practico-de-actuacion-ante-un-brote-psicotico/

[2] http://www2.nami.org/Template.cfm?Section=NAMI_en_espa%C3%B1ol&Template=/ContentManagement/ContentDisplay.cfm&ContentID=25943

[3] Por ejemplo si la persona en crisis se vuelve violenta o está implicada en alguna agresión o delito de sangre (no olvidar que sus capacidades intelectivas y volitivas están disminuidas).

Salud mental y educación en Chile

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Las enfermedades mentales, de acuerdo a estadísticas de la OMS (2014), son una de las principales causas de discapacidad en el mundo, siendo en muchas zonas el problema sanitario y social de mayor importancia.

En Chile, aproximadamente una de cada tres personas sufre problemas de salud mental en algún momento de su vida. Santiago encabeza las capitales con mayor número de trastornos ansiosos y depresivos en el mundo, condición que se traduce en  un vasto incremento en el consumo de psicotrópicos. Chile, además es el país de la OCDE en el que más ha aumentado la tasa de suicidio (sólo después de Corea del Sur) y, durante los últimos años se ha observado un incremento importante de patologías mentales en niños, jóvenes y adultos jóvenes[1]. Contradictoriamente con estos datos, la salud mental es el área que se encuentra más precarizada en nuestro sistema. Si bien el porcentaje de recursos del fondo de salud destinado a salud mental ha aumentado en los últimos años (en 1999 era de 1,2%, mientras que en 2004 fue de 2,14%, ubicándose actualmente cerca del 3%), aún no ha aumentado suficiente en relación a la importancia que tienen los problemas de salud mental en el país. Todo indica que en Chile nos encontramos en un proceso de transición epidemiológica propio de los países en desarrollo. “Una de las hipótesis básicas de la epidemiología social es que la absorción de las tensiones que aparecen en los procesos de modernización y crecimiento económico, están asociadas a la aparición de trastornos emocionales y de síntomas psiquiátricos y psicosomáticos[2]”.

Las instituciones educacionales no están ajenas a este problema, pues trabajan principalmente con niños en pleno desarrollo, muy permeables a la influencia externa y con jóvenes que se encuentran en una etapa evolutiva en la que con mayor frecuencia se gatillan los brotes psicóticos y se manifiestan otras patologías emocionales y/o mentales. Las demandas de adaptación a las nuevas exigencias, el escaso autocuidado, el estrés mal manejado, el abuso de alcohol y drogas y, en algunos casos, las condiciones genéticas, pueden facilitar el surgimiento de crisis y patologías de esta índole.

Uno de los problemas que enfrentan quienes sufren patologías mentales/emocionales, es el desconocimiento y la falta de consideración de estas condiciones como enfermedades reales al no ser evidentes a simple vista u objetivables a través de exámenes o pruebas científicas duras. Aun hay quienes piensan que superar una depresión es sólo un tema de voluntad y que las crisis de pánico son meras manipulaciones. También existen creencias erróneas que llevan a la discriminación, como pensar que un esquizofrénico o un bipolar no pueden llevar una vida normal. Todo esto acrecienta el sufrimiento, el aislamiento o, en ocasiones la vergüenza absolutamente improcedente de quienes padecen algún tipo de trastorno de esta índole, intentando ocultar su condición y, de esa manera, en ocasiones, limitando las posibilidades de la comunidad de socorrerlos en caso de crisis.

En los proyectos de integración de personas con capacidades diferentes, debe incluirse también a quienes padecen de algún tipo de trastorno mental, pues la mayoría son absolutamente compatibles con el estudio, el trabajo, la vida familiar y en sociedad.

[1] http://ciperchile.cl/2012/09/26/salud-mental-en-chile-la-otra-cara-del-malestar-social/

[2] Álvaro Jiménez Molina y Esteban Radiszcz. http://ciperchile.cl/2012/09/26/salud-mental-en-chile-la-otra-cara-del-malestar-social/

Cómo identificar una crisis de pánico y auxiliar a quien la padece

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¿Qué es una crisis de pánico y cómo identificarla?

Es un tipo de trastorno de ansiedad en el cual una persona tiene ataques repetitivos de intenso miedo de que algo malo vaya a ocurrir, frecuentemente acompañado de una sensación de pérdida de control y la idea de que se va a morir o de que se va a perder la cordura. Una crisis o ataque de pánico comienza de repente, sin previo aviso y con mucha frecuencia alcanza su punto máximo al cabo de 10 a 20 minutos. Algunos síntomas pueden continuar durante una hora o más. Un ataque de pánico se puede confundir con un ataque cardíaco.

Los ataques de pánico llevan al cuerpo a un nivel máximo de agitación, lo que hace que la persona sienta que no puede controlarse. La mente se está preparando para una pelea falsa o una retirada, lo que obliga al cuerpo a asumir el control para ayudar a la víctima a enfrentar o a huir del peligro que percibe, ya sea real o no.

Las glándulas suprarrenales liberan en el torrente sanguíneo las hormonas cortisol y adrenalina, y empieza el proceso, que es el núcleo de un ataque de pánico. La mente no puede distinguir la diferencia entre un verdadero peligro del que está en la mente. Si lo crees, entonces es real para tu mente.

Nunca ha habido un caso documentado de una persona que haya muerto por un ataque de pánico. Sólo pueden ser fatales si están acompañados de condiciones médicas preexistentes, como asma, o si producen posteriormente comportamientos extremos (como saltar de una ventana).

Una persona con trastorno de pánico a menudo vive con miedo de sufrir otro ataque y puede sentir temor de estar sola o lejos de la ayuda médica, por lo que, si no recibe tratamiento a tiempo, es muy posible que su funcionamiento normal comience a verse limitado hasta poder llegar a la invalidez, en los casos más extremos.

Es importante tener en cuenta que cualquier persona puede llegar a padecer crisis de pánico. Los más susceptibles son quienes tienen antecedentes familiares o han vivido en su niñez importantes separaciones, pérdidas o episodios traumáticos. A esto se suman otros factores relacionados con los hábitos de vida, que pueden gatillar los ataques; tales como el estrés, el consumo abusivo de alcohol y/o drogas, el uso de psicotrópicos sin prescripción médica, la ingesta exagerada de cafeína (café y bebidas cola), entre otros.

¿Cómo reconocer una crisis de pánico?

Las personas con trastorno de pánico tienen por lo menos cuatro de los siguientes síntomas durante un ataque[1]:

  • Molestia o dolor torácico.
  • Mareos y/o desvanecimientos.
  • Miedo a perder el control o de muerte inminente.
  • Sensación de asfixia.
  • Sentimientos de separación.
  • Sentimientos de irrealidad (despersonalización).
  • Náuseas o molestias gastrointestinales
  • Entumecimiento u hormigueo en manos, pies o cara
  • Palpitaciones, frecuencia cardíaca rápida o latidos cardíacos fuertes
  • Sensación de dificultad para respirar o sofocación
  • Sudoración, escalofrío o bochornos
  • Temblor o estremecimiento

¿Cómo ayudar a una persona que está sufriendo una crisis de pánico?

  • Identificar: Lo primero y más importante es reconocer que se trata de una crisis de pánico. Es importante hablar con la persona y determinar si está teniendo un ataque de pánico u otro tipo de emergencia médica (como un ataque cardíaco o de asma), que requeriría de atención médica inmediata. Si ya le ha pasado antes, puede darte una idea de lo que está pasando.

Si ésta es la primera vez que la persona experimenta algo así, en caso de duda es necesario buscar atención médica inmediata, pues puede tratarse de una crisis asmática, de diabetes o de un ataque cardíaco. Esto es doblemente importante si la persona tiene antecedentes de enfermedades como las recientemente nombradas. Es importante tener presente, al evaluar la situación, que los signos y síntomas de un ataque de pánico pueden ser similares a los de un ataque cardíaco.

Si no es la primera vez que la persona sufre de un ataque de pánico y tiene una vaga idea de la situación, es muy importante no ir en contra de sus deseos llamando a una ambulancia o llevándola a un centro asistencial si el afectado no quiere, pues esto es lo que menos necesita para calmarse. A veces, una persona con trastornos de pánico ya tendrá técnicas o medicamentos que sabe que le ayudarán a aliviar el ataque, así que pregúntale si hay algo que puedas hacer. Se le puede preguntar qué le ha funcionado en el pasado, y si se tomó sus medicamentos y a qué hora.

Cuando ya se tiene una idea de que se trata de una crisis de pánico, puede ser aliviador para la persona preguntarle, tranquilamente, si tiene alguna idea de por qué le está sucediendo. Si es así, conversar tranquilamente de ello puede ser aliviador. Sin embargo, es muy probable que el afectado no esté consciente de la causa, por lo que no sería factible determinarla. En ese caso, no se debe insistir en buscarla.

  • Llevar a la persona a una zona tranquila: El afectado probablemente tenga muchos deseos de salir del o de la situación en que se encuentra. Para facilitárselo, manteniéndolo a salvo, se debe llevar a la persona a un área diferente, de preferencia un lugar abierto y tranquilo.
  • Comportarse de manera tranquilizadora, pero con firmeza: Puede suceder que la persona intente escapar. En cualquier situación, es fundamental que quien esté prestando auxilio mantenga la calma. Se le debe pedir a la persona que se quede quieta, pero sin tomarla, ni sostenerla, incluso suavemente. Si necesita moverse, se le puede sugerir que se estire, que salte, se sacuda o que den juntos un paseo liviano.

Si es posible, se puede sugerir a la persona que se enfoque en otra actividad; como ordenar, subir y bajar los brazos, hacer un ejercicio físico de coordinación u otra actividad que requiera energía y concentración. Centrarse en otra actividad puede ayudarle a calmar la ansiedad y una vez que comience a cansarse (o a aburrirse de repetir), su mente estará menos concentrada en el pánico.

  • No cuestionar los miedos de quien está padeciendo una crisis: Decirle cosas como: “No hay nada de qué preocuparse”, “todo está en tu mente”, o “estás exagerando” puede agravar el problema. Decirle que no hay nada que temer sólo puede recordarle lo fuera de la realidad que está, lo que la obligará a entrar más en pánico. En lugar de eso, se debe comprender que el miedo es muy real para la persona en ese momento y lo mejor que puede hacerse es validarla y ayudarle a hacerle frente, diciéndole, por ejemplo: “Entiendo que estés asustado. Estoy aquí para ayudarte”.
  • No presionar: Este no es el momento para obligar a la persona a responder o a hacer cosas, pues esto hará que su ansiedad empeore. Deben minimizarse los niveles de estrés, sin obligarle a decir ni a hacer nada, yendo a su ritmo y escuchando con actitud contenedora y de apoyo si de pronto intenta explicar cuál es el motivo de su reacción. No la juzgues, simplemente escúchala y deja que hable.
  • Ayudar a controlar la respiración:Recuperar el control de la respiración es fundamental para eliminar los síntomas y calmarse. Muchas personas respiran de manera superficial, con inhalaciones y exhalaciones cortas y rápidas cuando están entrando en pánico, y algunas personas contienen la respiración. Esto reduce la entrada de oxígeno, lo que hará que el corazón se acelere. En otros casos, para intentar aumentar la entrada de aire, las personas pueden tomar grandes bocanadas de aire y hacer respiraciones intensas y rápidas, hiperventilando y generándose una mayor sensación de mareo. Puede usarse alguna de las siguientes técnicas para ayudarle a que la respiración vuelva a la normalidad:
    • Contar las respiraciones.Una forma de ayudar a la persona a hacer esto es pidiéndole que inhale y exhale mientras quien está ayudando cuenta. Se debe comenzar contando en voz alta, animando a la persona a que inhale por 2 segundos y luego exhale por 2 segundos; aumentando gradualmente a 4 y luego a 6 segundos si es posible, hasta que su respiración vaya más despacio y se haya regulado.
    • Hacer que inhale por la nariz y exhale por la boca, lenta y profundamente, exhalando en forma de soplidos, como si estuviera inflando un globo. Es necesario hacerlo junto con la persona.
  • Refrescar a la persona:Muchas crisis de pánico pueden ir acompañadas de sensación de calor, especialmente en el cuello y en el rostro. Normalmente, un objeto frío, idealmente una toallita húmeda, puede ayudar a reducir estos síntomas y la gravedad del ataque.
  • No abandonar:Es de suma importancia que quien esté prestando auxilio se quede con la persona hasta que se haya recuperado del ataque. Una persona con un ataque de pánico puede parecer como si se comportara de forma desagradable o grosera, por eso es importante ser empático, comprender por lo que está pasando y esperar hasta que vuelva a la normalidad. Incluso si quien acompaña no se siente muy útil, debe saber que le sirve al afectado de distracción. Si se deja sola a la persona, lo único que tendrá es a sí misma y sus pensamientos. El simple hecho de que alguien la acompañe es útil para mantenerla en contacto con el mundo real.
  • Darle tiempo para que se recupere:Aunque pueda parecer eterno (incluso para quien auxilia, pero especialmente para la persona), el episodio pasará. Los ataques de pánico, en general alcanzan su punto máximo aproximadamente a los 10 minutos y empiezan a mejorar a partir de ese momento disminuyendo lenta y constantemente. Puede haber, en casos excepcionales, crisis de pánico que duren más tiempo. Es importante que el afectado no perciba de parte de quien ayuda que existe impaciencia o una presión para que se reponga pronto, pues eso aumentaría la ansiedad.
  • Buscar asistencia médica:Si los síntomas no desaparecen en unas pocas horas, se debe considerar solicitar asistencia médica urgente. Aunque no sea una situación de vida o muerte, se debe llamar incluso sólo para pedir recomendaciones.
  •  Posteriormente recomendar a la persona que busque terapia: Las crisis de pánico son una forma de ansiedad que un profesional de la salud mental (psicólogo y/o psiquiatra) debe tratar. La terapia no es para locos. Es una forma legítima de ayuda a la que acuden millones de personas. Un buen terapeuta deberá poder identificar los factores desencadenantes del ataque de pánico o, por lo menos, ayudar al individuo a comprender mejor el lado fisiológico de la situación y a trabajar en torno a las situaciones que pueden estar desencadenando el problema. En algunos casos, es necesario que la persona reciba simultáneamente psicoterapia y farmacoterapia; esta última debe ser indicada por un psiquiatra.
  •  Cuidar de uno mismo.Quien auxilia a una persona con crisis de pánico puede sentirse muy culpable de estar perdiendo la compostura durante el ataque de pánico de otra persona, principalmente si se trata de alguien cercano. Se debe tomar en cuenta que es absolutamente normal alarmarse y sentir miedo frente a uno de estos episodios. Si sirve de ayuda, puede ser positivo conversar con la persona una vez que la crisis haya pasado, para saber cómo manejarlo mejor en el futuro.

[1] http://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/000924.htm

Acerca del “Curso online: Claves para pasar los tests psicológicos”

tests

Hoy, en un foro de psicólogos chilenos, se discutía acerca de un curso online que ofrecía uno de estos sitios que venden cupones para productos y servicios con cupones. La discusión estaba álgida; todos querían “funar” a la empresa y al psicólogo que dicta el curso o, al menos, denunciarlo con el colegio de psicólogos para que haga “no sé qué”.

Yo, tengo una opinión diferente y, de antemano pido disculpas a los colegas que puedan sentirse ofendidos.

Dediqué varios años a la selección de personal para poder pagar mi educación como psicóloga clínica y de la salud. Participé en procesos grandes, e incluso en la selección para altos cargos públicos. Al poco tiempo, comencé a ver como colegas nuestros interpretaban los tests psicológicos de manera muy diferente entre sí, había otros que se basaban en una respuesta, por ejemplo del Rorschach, para dejar a alguien afuera. Muchos no lograban hacer una integración de la batería de tests con la entrevista y bastantes no lograban hacer una buena entrevista, del tipo que fuera. Agrego además, a riesgo de que alguien se enoje, que hay muchos psicólogos que están más locos que una cabra y otros que tienen menos criterio que una escoba.

La mayoría no se la juega por recomendar a alguien que está deprimido porque no encuentra trabajo hace dos años, pero tiene gran potencial… En general, los psicólogos cuidamos nuestro trabajo dándonos explicaciones como “por algo no ha encontrado pega”… Pensémoslo un poco más… Tal vez, está deprimido porque está cesante… Y así continúa el ciclo de su desempleo.

Yo me pregunto entonces; ¿Es válido o ético que una sola persona en base a su formación, conocimiento, criterio, emocionalidad, intelecto, responsabilidad ética, empatía y, en general, forma de ser y estar en el mundo (que no siempre es la más sana) se configure como un filtro tan importante a la hora de definir quién queda en tal o cuál cargo?; ¿Es correcto hacer preguntas acerca de la vida familiar y personal, más allá de lo fundamental? ; ¿Es válido entrar en las profundidades de la psique de una persona a través de un test proyectivo, cuando sabemos que el postulante está obligado a responderlo si quiere el cargo? En varios países, más desarrollados, los tests proyectivos se han suprimido de la selección de personal por resultar invasivos y atentar contra la dignidad de las personas.

Les pregunto a mis colegas ¿Alguno de ustedes ha estado en el rol del evaluado? No hay nada más desagradable que un psicólogo, a veces chanta, que te pregunte más de lo que corresponde, te trate con poco respeto, te ponga en situaciones incómodas y más encima te tome un Rorschach a sabiendas de que eres psicólogo y ya estás tan contaminado entre lo que aprendiste y lo que has visto, que es imposible que los resultados reflejen tu “estructura” de personalidad. Bueno, muchas veces, generalmente cuando el psicólogo no es de lo más criterioso, los evaluados que no son psicólogos se sienten igual, con la desventaja de no saber qué cresta ve el psicólogo en sus respuestas a las manchas, en su elección de colores, en su postura, en sus gestos, su tono de voz, etc. Cualquier ser humano se incomoda y se “paranoiquea” frente a una evaluación en la que no maneja la pauta. Peor aún, en la evaluación se les desnuda y se les examina por completo, por decirlo de algún modo, y rara vez se les entrega posteriormente un feedback, para que ellos conozcan aquellos puntos en los que deberían trabajar, además de sus cualidades, competencias y potenciales. Yo considero que aquello debería ser un derecho (pasando y pasando).

¿Una empresa para preparar a las personas para pasar un test psicológico, cobrando y tan caro? Claro que me parece antiético… Pero no me vayan a negar que ustedes no lo han hecho o lo harían por “paletiá” a un amigo o familiar. Yo no lo niego, porque desconfío del criterio y de la idoneidad profesional de un colega al que no conozco.Y si esto se está ofreciendo, es porque las personas lo piden y lo necesitan; porque están cansados de sentirse inermes frente a profesionales que creen tener “la llavecilla aquella que cree ver lo que el otro no quiere mostrar”.

Lamentablemente, no es posible prescindir de la evaluación psicológica en la selección de personal, porque en nuestra sociedad, basada en la desconfianza y en la inmediatez del rendimiento, se requiere que quién trabaje en “mi” empresa o institución, sea lo más cercano o idóneo posible. Pero creo que es necesario que la evaluación psicolaboral sea hecha con excelencia y lo más cercana a lo objetivo posible y, para ello, sería necesario hacer equipos que analicen en conjunto el proceso para contar con diferentes opiniones, y que ese equipo no sea siempre el mismo, pues los criterios comienzan a uniformarse con el tiempo.

Tenemos, colegas, una responsabilidad muy importante en este aspecto, tomando en cuenta que, tanto en la selección, como en la práctica clínica, nos ampara y desampara la soledad e intimidad en que realizamos nuestro trabajo. Si somos respetuosos y responsables con quién viene (por obligación) a ser evaluado para tener el trabajo que desea; si disminuimos nuestra sensación de omnipotencia (porque claramente, en ese momento nosotros tenemos el sartén por el mango) y si logramos ser profundamente humanos, siendo conscientes de nuestros sesgos, comprendiendo de una vez que ninguna persona es 100% objetiva y que tenemos al frente a “alguien” y no sólo a un postulante, o en mi caso a un “paciente” (no hay palabra más inadecuada cuando se trata de un proceso que es de a dos), tal vez podamos mejorar nuestra labor.

Y ojo, si existe comida chatarra para engordar, existen nutricionistas y métodos para adelgazar; si existen pleitos, existen abogados; si se hacen tatuajes, existen métodos para borrarlos; si la gente tiene cabello, existen peluqueros (no son los ejemplos más serios, claro está)… Todo tiene su contraparte colegas; y esto viene sucediendo hace mucho tiempo. Si nos molesta, hagámonos cargo de mejorar nuestros procesos. ¿Algunos quieren funar a esta empresa?, y yo creo humildemente, que mucha gente está más que feliz con esto, sobretodo quienes tienen dinero para pagarlo. Es una señal de que algo tenemos que cambiar.

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