Chile tira la primera piedra…

Una sociedad que enjuicia con liviandad

A partir del suceso acaecido el fin de semana pasado en el Zoológico de Santiago fue posible ver, una vez más, cómo la sociedad chilena utiliza las redes sociales para dar su opinión en relación a temas que involucran a personas con nombre y apellido con una liviandad inconcebible.

Facebook y twitter, principalmente, nos hacen creer que tenemos una especie de palestra desde la cual podemos sentirnos libres de pontificar acerca de cualquier temática enjuiciando al resto, como si conociéramos los pormenores de cada situación y como si estuviésemos “libres de polvo y paja”.

La personas tendemos a generar opiniones casi inmediatas acerca de las cosas, debido a que nuestro cerebro está programado para categorizar de manera casi automática las situaciones, como mecanismo de supervivencia. Sin embargo, en la actualidad, sabemos que podemos entrenar a nuestra mente para generar un espacio entre la percepción y la acción. En este sentido, podemos ver que hay personas más impulsivas o “con una autoestima fuera de serie” que sienten que tienen derecho a plasmar sus duros y apresurados juicios en espacios públicos (redes sociales u otros), y otros que tienen un sentido del humor y una creatividad tal, que logran hacer memes hasta de las situaciones más desafortunadas. Por suerte para mí, la vida se ha encargado de enseñarme que detrás de cada suceso, hay una situación que puede explicar (y no en todos los casos justificar), en cierta medida al menos, el modo en que las cosas ocurren.

Una vez, trabajando en un conocido hospital de Santiago, los médicos encargados de una Unidad para la que yo no trabajaba, me pidieron a modo de favor que visitara a una anciana que estaba postrada y abandonada hacía cinco meses para ver si era posible contactar a su familia para que se hiciera cargo de ella o, al menos, recibiera alguna visita. Al conversar con ella, compartió conmigo su triste historia. Era madre de 3 hijos a los que había criado con mucho esfuerzo y dedicación y ninguno de ellos siquiera la había visitado una vez en cinco meses. Inmediatamente, con mucha tristeza y con bastante rabia por la “falta de humanidad y la ingratitud” de sus hijos, conseguí los datos de la mayor de ellos e hice contacto telefónico. Agradezco haber sido cautelosa, a pesar de la corta trayectoria profesional que tenía hasta el momento, pues lo que siguió, constituyó para mí una lección que nunca olvidaré. Su hija fue a conversar conmigo al hospital unos días después y me explicó, con mucho dolor, por qué ninguno de los tres la visitaba.  Al menos ella, no podía superar ni perdonar a su madre por haberla violentado física y psicológicamente desde su más tierna infancia, habiéndola sometido además a abusos por parte de sus vecinos, ya que desde los seis años “la arrendaba” a cambio de dinero y comida. Debido a lo que en ciencias sociales llamamos “factores de resiliencia”, ella había salido adelante, tenía una buena familia y estaba en ese momento estudiando en un instituto profesional. Todos hablaban de la pobre señora y de sus “malditos hijos”, sin conocer la historia que había detrás, pero yo tuve la oportunidad de entender el contexto. Pienso que tal vez, de haber conocido la historia de la madre, también hubiera accedido a una vida llena de dolor, pobreza y violencia, pero nunca lo sabré. Me sentí muy culpable de todo lo que pensé acerca de esta familia y eso me ayudó a tomar consciencia de que debo ser cuidadosa con lo que pienso y con lo que digo, aunque claramente no siempre funciona pues, como todos, debo continuar trabajando en mí, en muchos aspectos.

He sido terapeuta de víctimas, de potenciales victimarios y de culpables también y debo decir que la mayoría sufre por su condición. Pero hoy resuenan en mi interior, dos personas a las que atiendo actualmente en psicoterapia, que han sido víctimas del escrutinio y del juicio público; uno a mayor escala que el otro, pero que, en definitiva, han visto amenazado su nombre, su reputación, su integridad física y psicológica y la de sus familias al ser expuestas y enjuiciadas en redes sociales, en comunidades completas y, en uno de los casos, en los medios de comunicación con una liviandad digna de comedia absurda.

Desde esa perspectiva es posible ver cómo las personas, comunidades de todo tipo y los periodistas y panelistas de programas masivos no se cansan de calificar y sentenciar a los acusados con nombre, apellido, rostro y familia, a partir de la más mínima información con la que cuenten. Y, si ponemos atención, podemos notar también, como a medida que aparecen más datos, las opiniones de estos mismos comienzan a moderarse, no obstante, el daño ya está hecho.

¿Alguno de ustedes se ha puesto a pensar en cuántas son las personas que cargan con la cruz de aparecer en Google por falsas acusaciones? ¿Cuántos de ellos no cuentan con los medios económicos o con las condiciones emocionales para defenderse adecuadamente en casos como estos y que, por su silencio, siguen apareciendo como culpables? Ellos han sufrido en un principio el miedo a ser apedreados, escupidos o atacados por la gente. Temen ser despedidos de sus trabajos, que a sus hijos los echen del colegio o ser marginados de las redes a las que pertenecen. Lamentablemente, a lo largo de sus vidas, si no integran sanamente el trauma, tal vez seguirán teniendo temor cada vez que postulen a un nuevo trabajo o conozcan personas nuevas, pues si se busca su nombre en Google, la historia por la que fueron vilipendiados vuelve a hacerse presente y el escrutinio y la desconfianza también. Cada cierto tiempo y, tal vez durante toda su vida deberán dar explicaciones por una historia que fue mal contada.

Y, en relación con el caso que abrió este tema, debo decir que más allá de las opiniones que la mayoría compartimos, en relación con la necesidad de cambiar los zoológicos por espacios de protección y rehabilitación de animales o de la responsabilidad que tienen o no las personas privadas de cordura, en el caso del joven y los leones, se hablaron muchas cosas sin filtro alguno. Se enjuició al personal del zoológico, hubo personas en Facebook que decían que si el sujeto era loco, alcohólico o si estaba drogado, daba lo mismo, que no merecía vivir. Se hicieron “memes” en los que la gente se burlaba del hombre que, según se supo más tarde, no intentaba suicidarse, sino que estaba actuando a partir de un delirio mesiánico producto de un trastorno psiquiátrico.

No quiero decir con esto que todo acto en la vida debe ser justificado y que, si nos fuéramos a revisar todos los contextos, nadie sería responsable de nada. Tampoco digo que no sea bueno tener opinión. Solamente busco generar un interés por esperar un poco y ser cautelosos antes de emitir opiniones en público, cuidarse de evaluar a partir de los sesgos personales y tener compasión por quienes, por una razón u otra, están siendo expuestos al escrutinio público. También quiero plasmar a fuego en mi memoria, la necesidad de estar atenta a mis propios juicios.

En este caso, ojalá podamos tener compasión tanto por los leones, como por la persona y su familia. Que el animalismo, el humanismo y cualquier “ismo” al que adscribamos no nos haga perder el respeto por ninguna clase de ser viviente. Dejemos también a un lado la palabra “repudio”, tan violenta y manoseada en los últimos años.

Con este tipo de sucesos pienso que tal vez no somos una sociedad tan diferente, como pensamos, de la que crucificaba a sus delincuentes o de la que disfrutaba de las luchas en el Coliseo Romano, donde morían “gladiadores y bestias”. Quizás simplemente nuestros castigos y torturas se han vuelto más sofisticadas.

Tengamos compasión con nosotros también, y veamos claramente con amabilidad y con intención de cambiar, que aun no somos capaces de distanciarnos de los prejuicios ni de ver las consecuencias de nuestros actos. No nos olvidemos que cualquiera puede ser víctima de una acusación que lo ponga en tela de juicio como victimario, asesino, estafador o abusador, aunque sea por algunas horas, sin que realmente lo seamos. Tengamos en cuenta que en nuestros tiempos basta con una mera denuncia pública, para ser sindicado como culpable. Si bien ante la ley “todos somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario”, en los medios y en la sociedad actual, al parecer ocurre todo lo contrario.

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: